
En mi último viaje otoñal a Inglaterra, este año decidí que el día de mi cumpleaños lo quería pasar en STONEHENGE, el impresionante monumento megalítico, que está a cien kilómetros al oeste de Londres, y que es uno de los grandes misterios de la historia del ser humano.
Llegar hasta allí se puede hacer por dos medios: tour oficial o coche particular, y como no conduzco, me embarqué a las ocho de la mañana del 30 de septiembre en un tour oficial que compartí con una pandilla de turistas norteamericanos muy simpáticos, a los que, oh que sorpresa, les interesaba especialmente la historia inglesa y Stonehenge en particular y me atrevo a manifestar este comentario medio en broma, medio en serio, porque conozco los Estados Unidos y sé de la total falta de curiosidad que experimentan por todo aquello que queda fuera de sus fronteras, pero, como no se puede generalizar, afortunadamente me tocó viajar con seis estadounidenses muy simpáticos, con los que compartimos la emoción por encontrarnos frente a Stnohenge, una soleada mañana de otoño, en la que el calor a punto estuvo de estropear mi gran aventura a la prehistoria.
Odio el calor, superé con esfuerzo un año más nuestro cálido verano español, me esperé a finales de septiembre para viajar a Inglaterra y me encuentro allí con 33º de calor, 100% de humedad y sin una gota de viento, por supuesto el país, que adoro y visito cada año una o dos veces, no está preparado para estas temperaturas, no hay aire acondicionado en los transportes públicos, ni en los restaurantes, ni en los Museos (en el Museo Británico unos escuálidos ventiladores de antes de la guerra intentaban, desde algún rinconcito perdido, aliviar el calor a los visitantes) y la cosa se hizo muy pesada, pero en fin, estaba allí y me enfrenté a Stonehenge desde mi autobús, cuando subiendo una pequeña elevación en la impecable y llana campiña inglesa, pudimos ver las piedras milenarias, en medio del campo, de la nada absoluta, imponentes, dejándose admirar y fotografiar por los turistas que nos aventuramos a llegar hasta allí a cualquier precio.
La experiencia es impresionante, aunque no puedas acercarte, tocar las piedras y caminar entre ellas, porque antiguamente los imprudentes visitantes se subían y saltaban por encima de ellas sin ningún respeto, sí puedes acercarte lo suficiente como para sentir su poder, su magia y sentirte cautivado y afortunado por la posibilidad de estar allí. Es una experiencia estupenda que aún intento asimilar y solo escribo estas líneas para invitaros, si vais a Londres, a escaparos hacia Salisbury para ver esta maravilla que es Patrimonio de la Humanidad, además, de pasó, podéis viajar a la ciudad de Salisbury, ver su imponente catedral (que Ken Follet detalla con maestría en "Los Pilares de la Tierra") y de vuelta a la capital, pasar por Bath, también patrimonio de la humanidad gracias a sus intactos baños romanos, sus puentes y su maravilloso río Avon, que de repente, te trasladan de golpe a un cuento de hadas.
Esta es mi sugerencia privada, y de paso os comparto algún fragmento de lo que se ha escrito sobre STONEHENGE y os "pongo los dientes largos" por si queréis seguir investigando:
"Localizado a cien kilómetros al oeste de Londres, en la llanura de Salisbury, se encuentra uno de los monumentos milenarios más inquietantes de la humanidad. Con sus colosales rocas, cuyos pesos varían de dos a treinta y cinco toneladas, Stonehenge es la construcción megalítica más fascinante de la historia. Su construcción se remonta a la noche de los tiempos, a civilizaciones que no dejaron a su paso escritos que nos permitieran conocer con seguridad su origen.
Nadie conocía el origen de este complejo megalítico, pero algunos lo sugerían a través de las leyendas y la tradición. Algunos como Geoffrey de Monmouth (aproximadamente 1100-1154 dC.) en la Edad Media, relataba en sus crónicas la creencia popular de que el conjunto era un circulo de gigantes petrificados, de allí que se le conociera como la "Danza de los Gigantes". Pero el mismo escritor del siglo XII nos ha hecho llegar otra leyenda que sugería que las piedras fueron llevadas allí por el Mago Merlin, desde Irlanda, con la ayuda de unos "artefactos", para conmemorar un entierro masivo de bretones. Lo cierto es que el pueblo sajón les recordaban las vigas en las cuales colgaban a los criminales, por lo cual empezaron a conocerlo como "Stonehenge" (La horca de piedra o la piedra del colgado).
El misterio de Stonehenge llegó hasta el rey Jaime I de Inglaterra, quien en 1620 encargo al arquitecto Iñigo Jones investigara todo lo referente al conjunto. El nacimiento de la arqueología estaba aún a un siglo y medio de distancia, por lo que Iñigo Jones hizo lo que sus recursos le permitían. Finalmente llego a la conclusión de que era un templo romano dedicado al Cielo, construido poco después del año 79 dC. Tal vez esto satisfizo al rey, pero hoy sabemos que Iñigo Jones se quedó corto. Stonehenge ya era un conjunto milenario en época del Imperio Romano..."
